Cambiar de casa es cambiar de cuerpo. De mundo. De oxígeno. Nos mudamos otra vez hace más de tres meses a tierras desconocidas. Clima hostil. Gente de otras tribus. Nos mudamos a un lugar donde no hay más de lo que siempre ha habido. A un lugar en construcción. A un pueblo en construcción, El estado entero.
La señal de celular es intermitente. La señal de t.v. es inexistente. Los centros comerciales son promesas de un futuro alterno, paralelo a la realidad que se vive en un lugar como éste. Aquí el anonimato no ha nacido, no se ha concebido.
Aquí todos se conocen. Todos saben verdades a medias de todos y las complementan con la revolucionada creatividad que poseen la cual ha crecido como mata salvaje a falta de televisión. No son víctimas del consumismo irracional, las tandas o las ventas por catálogo; no han sido contaminados con la fina pluma del escritor de nota roja; son, como todo por aquí, terreno virgen.
No es que nosotros seamos los clásicos chilangos, no somos chilangos. Aun así, para esta gente soy grafitero, hip-hopero y muy probablemente criminal. De pronto olvidan de donde vengo y son civilizados, de pronto no. Ya hubo quien enunció el mítico lema de “mata a un chilango y haz patria” a lo cual no haré ningún comentario porque a las estupideces no se les debate.
A Adriana le ha costado mucho. Mucho de verdad. A mi, logarítmicamente también. Estamos en proceso de adopción. Estoy tratando de encontrarme en esta realidad. Aprendiendo una nueva lengua y símbolos, códigos y significancias. Y trabajo. Y fuerzas. Para Adriana, para mí y mi niña.
Cambiar de casa es cambiar de era.

No comments yet
Feed de los comentarios de este artículo