Siempre vemos a la muerte de lejos, la imaginamos lejos, borrosa y sin rostro. Ajena. Como vista desde una auto en movimiento. Siempre queremos posponerla, darla de baja, expulsarla, evitarla, no pensarla…

No pensar en la muerte es peor que la muerte misma. No pensar en la muerte de los que amamos es peor que nuestra propia muerte…

¿Para que pensar en la muerte? Ya veremos cuando llegue… cuando descienda sobre alguien concido y nos asalte con una llamada telefónica a la mitad de la noche para darnos una dosis de angustia plena y duradera, de esa que marca de por vida. De esa que te golpea con zaña en la panza y te saca el aire para siempre. Para que pensar en la muerte si es inevitable. Nadie se acuerda nunca, yo no. Sé que nadie se acuerda nunca porque todos vivimos la vida con la inexacta y pueril idea de que nunca va a acabar, de que siempre habrá un día más, otra oportunidad de repetir, cual sea el caso, nuestros actos. Vivimos como dioses olímpicos, bellos y poderosos, tomando decisiones a diestra y siniestra, con desenfado y estilo, sin el mayor ápice de sobriedad. Sin inteligencia. Somos tontos.

La muerte acecha cada segundo y a cada paso que damos estamos siendo evaluados, ¿quién atraviesa una autopista con los ojos vendados?… nosotros. Vivir con la muerte a un lado, de la mano. Vivir alerta, con la certeza de que en cualquier momento moriremos.