Daniel, ahora que te uniste con la Lupe te digo, y tu te das cuenta ya, de que el autosacrificio, la renuncia por amor a tu vida y a ciertas tramas que la componen no es nada fácil. No es lo mismo imaginar, pintar en tu cabecita el escenario romántico de recién casados con todas esas ideales situaciones que te animan, e ilusionan, a la realidad, entera, de sol a sol, donde se suceden muchas más cosas que no ocurrían en tus desvaríos como las incontables bolsas de basura que no puedes tirar aún… o los minutos exclusivos que dedicabas a pretender alcanzar el nirvana en tu cuarto leyendo tus libritos, tu musiquita, tu gym; sus cabellos en tu cepillo pero también su calor y ternura al abrazarte por la noche, cuando llegas… Tampoco es el punto resignarse y vivir enganchado por siempre a tu pasado idóneo de soltero, supongo que lo sabes así que lo que queda es reconstruir tus tiempos con los de ella. Que más queda más que enriquecerse aprendiendo de la telenovela nocturna y de las charlas resumidas de los incidentes laborales que le aquejan, que más queda que comer esos platillos que no antojabas a tener en tu menú pero que forman parte de “sus favoritos”; que mejor que darse cuenta que el matrimonio de lo que va es de retroalimentación, es el componente fundamental de las familias, lo que varía es la calidad y versatilidad de ésta. Te lo digo de una vez porque se que eres terco: no se trata de ‘acostumbrarse’… sí, últimamente te escucho diciendo esa palabrita… yo creo que se trata de asumir las nuevas puertas que se han puesto a tu disposición, que la vida te pone sin que tu sepas para qué todavía pero que irás abriendo siempre a su tiempo como regalitos de navidad y que te darán entrada a nuevas habitaciones, inmejorables, infinitamente disfrutables. La decisión está consumada. En este caso fue ante un altar. Las repercusiones de ésta se consuman a diario, junto a ella. Junto a tu mujer.